jueves, 18 de junio de 2009

Terrores domésticos II  

La mosca del más allá

La cosa va otra vez de insectos, en este caso voladores, concretamente una mosca, sólo una, pero... joder con la mosquita.

Es un jueves cualquiera por la noche, paro por fin en casa después de dos días muuuy largos y pesados con sensación de haberlo dado todo, tanto que una poderosa fuerza interior me demanda alguna recompensa personal por el esfuerzo, un premio propio, un ritual sagrado donde se me reconozca la feroz lucha, una estruendosa ovación que de paso al más reverencial de los silencios... Si, puede sonar exagerado, pero lo tengo todo previsto para que el ansiado homenaje sea real a mi manera: hoy es jueves, tengo tallarines, tengo salsa a los tres quesos, tengo los deberes hechos y tengo tiempo, y además tengo recién bajadito el último capítulo de Lost (¿no se oyen trompetas? ¡yo si!) ¿se puede pedir más? bueno mmm.. sí, pero por ahora está requetebién así.

Se termina de hacer la pasta, me acomodo, disminuyo la iluminación de la estancia al mínimo, lo justo para ver dónde clavo el tenedor y me preparo para ver el emocionante capítulo, le doy al play, suenan estas maravillosas palabras: , empieza... todo es perfecto, grandioso, sublime, pero entonces....

Bzzzzzz...Zzzzzzzzz...Zzzzzzzzzzzzzzz......

No sé si alguien ahora le viene a la memoria “The Fly” aquella terrorífica peli en la que un científico trataba de teletransportarse realizando una especie de auto-desintegración y un posterior reensamblaje de sí mismo molécula a molécula partiendo de cabinas separadas, un experimento que podría haber sido perfecto salvo por el hecho que en la supuestamente hermética cabina de entrada se había colado una mosca, combinando ésta última su ADN con el del científico durante el proceso de teletransportación, dando en la cabina de salida un no muy agradable resultado y llevando al fracaso más estrepitoso su cuidadosamente proyectado invento.

Pues algo parecido me estaba pasando en ese momento: en mi mundo perfecto recién creado, donde sólo existían los elementos que yo quería, donde la armonía casi se convertía en puras y cristalinas melodías... pues ahí mismo se me había colado una mosca goeoorda, negra y peluda, pero sobre todo porculera a más no poder, que no paraba de moverse nerviosa de un lado a otro dándole igual mi presencia. Una mosca kamikaze, que a saber de dónde había salido y bien que sabía regatear mis aspavientos y acercarse peligrosamente al plato de pasta. Y otra vez:

bzzzzzzzz...zZZZZzz... zZZz...zzzzzzzzZZZZZzz...

...y pasando cerca de la oreja una vez y otra y otra...

Estoy en contra de la violencia, pero en este caso me voy a convertir en un psicópata sanguinario con la #@&% mosca y no va a quedar ni el recuerdo: le doy al pause, retuerzo una revista, me incorporo, enciendo la luz, espero y... ¡zas! por supuesto fallo. Espero de nuevo... se acerca y ¡otra vez zas! vuelvo a fallar pero no contra la lámpara que del revistazo a punto ha estado de caerse al suelo. Me preparo de nuevo y ¡zas! ¡paf! ¡pof!..... nada, que no le doy ni a la de tres. Tampoco funciona el método de espantarla hacia la ventana abierta de la cual se aparta astutamente (debe ser una mosca agorafóbica). Me paro a coger algo de aire mientras empiezo a dar la batalla por perdida y considerar la posibilidad de un co-hábitat entre ambas especies cuando de repente se me para en la rodilla.

Esta es la mía.

Dejo lentamente la revista puesto que debe ser un ataque sorpresa, sin llamar la atención, tenso el dedo corazón, me acerco por detrás y..., y ¡ZAS! Ahora sí, le he dado de lleno. La busco en el sitio desde donde ha salido el sonido de su asqueroso cuerpecito rebotando y ahí está, inerte, sin moverse, ni un aletazo, nada. Está muerta, por fin.

La observo un buen rato y sigue igual. Perfecto, esta batalla la ha ganado al fin el ser humano, faltaría más. Voy entonces a buscar papel para recoger sus restos y también lavarme de paso las manos después del golpe. Ya sin prisa, tranquilamente, disfrutando de la victoria.

Regreso entonces con el papel y ¡argh! ¡ya no está el cadáver! ¡ha desaparecido! ¡se ha esfumado! Observo un rato los cielos en busca de alguna señal de la mosca pero nada, no aparece. Igual ha tenido un repunte de vida y luego ha caído muerta del todo en cualquier rincón, seguro que ha sido eso. No hay que, ejem.. preocuparse por nada.

Vuelvo, no sin cierto nerviosismo, a mi sesión de Lost, tratando de recuperarlo donde lo dejé, vuelvo también al plato de pasta, ya menos humeante y vuelvo a bajar la luz (aunque esta vez no la dejo tan tenue). Aparentemente todo ha vuelto a la normalidad cuando de repente, cerca de mi oreja:

BZZZZZZZZ...ZZZZZZZ... ZZZZ...ZZZZZZZZZZZZZZZ...

Me giro y... entonces la veo, es la mosca, la misma que he matado, que ha vuelto de entre los muertos, ahí suspendida mirándome fijamente, seguramente muy cabreada por lo que le he hecho. Sus movimientos parecen tener dificultades, se mueve como los zombis de las películas, como a espasmos. Ahora lo entiendo, es La Mosca Zombi, y ha vuelto para vengarse.

Con un último y agudo zumbido desaparece para siempre entre las sombras. Nunca más la volvería a ver, pero ahora, cada vez que me siento a ver mi serie favorita después de prepararme una deliciosa cena siento que está ahí, acechando desde un lugar oculto, esperando el momento oportuno para consumar su velada y asquerosa venganza.

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