lunes, 25 de julio de 2005

Lisboa  

Hace un par de findes estuve en Lisboa por primera vez para pasar el fin de semana, bueno por primera vez con cierta conciencia, porque ya había estado antes de pequeño pero sólo tenía vagos recuerdos de un enorme puente colgante de color rojo, un castillo en el mar y el ojo muerto de un calamar gigante. Ahora ha sido obviamente bastante diferente y los recuerdos que traigo en mi cabeza del viaje obedecen más a calles inclinadas y casas poco cuidadas, a gente multicolor y caracteres amables, a una ciudad bohemia y llena de poesía donde se puede comer y beber bien, y salir hasta la madrugada.
Nosotros parábamos al lado de la Plaza de Restauradores, en pleno corazón del casco antiguo, por lo que nos pillaba cerca casi todo lo interesante. Por el día comer por ahí, luego café al estilo Lisboeta -una delicia- y pasear subiendo y bajando las calles -una ciudad totalmente incompatible para los adictos al fumeteo: si quieres dejar de fumar vete a vivir a Lisboa-. Por la noche cena a lo grande, ronda de bares, quedar con amigos, más bares, más amigos.. en fin, lo de siempre pero en el entorno adecuado. Al final nos dieron las tantas y vimos la salida del sol sobre el puente del Vasco de Gama, el punto perfecto para irnos a la cama, no sin antes desayunar una especie de bocata de chorizo y una taza de chocolate caliente con algo más que no recuerdo -¡si, lo sé, suena a mejunje intragable, pero estaba riquísimo!-. Luego a dormir a plomo y al día siguiente por la tarde vuelta a casa -pero antes nos perdimos siete veces para salir de la ciudad, vaya lío-.
Bonito viaje y bonita ciudad. No conozco más lugares de Portugal pero de repente me ha entrado una curiosidad terrible por conocer más de ese país. Lo tenemos al lado y es un gran desconocido e intuyo que ofrece mucho por ver.

las calles de Lisboa con sus tranvías

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