martes, 30 de junio de 2009

Terrores domésticos III  


¿Quién está ahí?


Normalmente suelo ser bastante trasnochador, no sólo por el viejo encanto inspirador que tienen esas horas, sino también por todo lo que ha significado para mi durante mucho tiempo desde los días del instituto: esa radio nocturna llena de música e historias alucinantes, o esas películas tan extrañas que sólo las podías pillar de madrugada, por no hablar de las largas conversaciones atípicas a la luz del flexo, esas apasionantes lecturas o todas esas horas descubriendo los secretos de los lenguajes de programación. Como si la noche creara un ambiente inexplorado en el que deambulan nuevas sensaciones, un descorrer de cortinas mostrando otro mundo lleno de una vida diferente. Algo tan irresistible que no importaba sacrificar horas de sueño o llegar tarde a clase con las sábanas pegadas al culo.

La época de estudiante, primero el Instituto y luego la Universidad, fue la más profusa en cuanto a actividades nocturnas, sobre todo en los años universitarios puesto que el horario lo podías flexibilizar bastante más, o no ir a las clases directamente. Eso te dejaba por delante una larga noche en la que podías agotar la programación de la Tv –la de entonces- y luego seguir bajo las mantas las ondas de radio o leer hasta quedarte dormido de puro agotamiento. Luego vinieron los días de oficina y la cosa cambió bastante: trasnochar significaba rendir bastante menos y arriesgarse a fallar en el curro, cosa que muy a pesar mío no me podía permitir. Entonces hubo una larga pausa en mis hábitos nocturnos que quedaron reducidos sólo a viernes y sábados si no tocaba salir por ahí, tiempo en el que la radio cambió, aquellos programas desaparecieron y la Tv amplió su horario de madrugada pero con bastante menos interés.

Desde pocos años atrás mi nueva situación laboral me ha permitido recuperar el mismo nivel de intensidad trasnochadora de aquellos días -o más si cabe ahora con el añadido de Internet-, como si el halo de los enfermizos rayos azules de la Tv nocturna me hubieran transformado para siempre en una criatura que busca su sitio natural de forma inconsciente entre las sombras de la noche.

Una de esas noches, sin una pizca de sueño, literalmente empotrado en el sofá y totalmente absorbido por la trama en la Tv de un psycho-thriller bastante perturbador es cuando se produjo el extraño suceso.

Para tratar de recrear la situación es importante señalar que la película en cuestión era la noruega Naboer (traducida como Next Door), eran casi las 4:00 de la mañana en ausencia de cualquier tipo de luz y de compañía, con la noche oliendo extrañamente a cerrada, casi a claustrofobia, como si todo el mundo entero se hubiera extinguido tras la puerta y el único espacio vivo estuviera entre mi Tv y el sofá. No voy a desvelar la trama de la película –básicamente va de vecinas extrañas que llaman a tu puerta- pero el que la haya visto debe pensar que estoy loco para ponerme a ver una peli así a esas horas y en esas circunstancias. Bueno, tal vez, pero también es la forma de disfrutarla a tope. Soy así, me gusta lo intenso. Al fin y al cabo es sólo ficción, se acaba la peli, se enciende la luz piensas en otra cosa y la vida sigue, a nadie le ha pasado nada, todo sigue normal, es tan sólo cine.

O no...

Termina la película y empiezan los títulos de crédito, mi estupor ante ese final que tiene la peli es notable, tanto que me quedo unos instantes intentando asimilar los porqués y analizando los detalles: ese bloque de vecinos, esas dos inquilinas, los pasillos solitarios, el desconcierto, la locura, muerte... demasiado pesadillesca quizás, no estaba previsto tanto horror. Terminan los créditos, sólo necesito un par de minutos y a otra cosa, pillo el mando y apago la tele cuando...

Suena el timbre de mi puerta.

Son las 4:00 am y alguien está llamando a mi puerta. No puede estar pasando, no puede ser. Un timbrazo y ya está. Puedo oír los latidos de mi corazón claramente por encima del silencio posterior. Esto no puede estar pasando. Alguien ha llamado a mi puerta a las 4:00 de la mañana un martes justo después de esa maldita película.

Tras el susto inicial compruebo instintivamente que está todo cerrado, y por un segundo pienso que puede ser alguien molesto por el volumen de la Tv, pero es imposible porque la tenía casi inaudible, fuera ni se oye. Esto es otra cosa.

Hay alguien tras la puerta, lo noto.

Entonce me acerco lentamente y pregunto lo más firme posible:

- ¿Quién es?

Nada, ninguna respuesta. Pero se oye una respiración al otro lado.

Vuelvo a preguntar:

- ¿Quién es??

Lo mismo, se oye una respiración. Quien quiera que sea sigue al otro lado. No hago nada, me acerco un poco más intentando analizar cada sonido y entonces distingo unos pasos alejándose. Se hace el silencio.

Se ha ido. Lo que sea que estaba al otro lado se ha marchado. Por supuesto no abro la puerta ni de coña, en este caso mi curiosidad ha quedado totalmente eclipsada por un miedo real, no a fantasmas ni entes, sino a algo real que estaba al otro lado de mi puerta y ha tocado el timbre sin decir nada, y que respiraba... algo vivo del cual no sé muy bien las intenciones. Mi sentido común me dice que me quede con la duda. Prefiero no saberlo jamás a abrir esa puerta.

Me voy a la cama algo intranquilo y me duermo antes de lo previsto por el agotamiento emocional. Al día siguiente me despierto temprano casi aún con el susto en el cuerpo. Intento no pensar más en ello en todo el día. Nunca más sabría lo que aquella noche hizo sonar el timbre.

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Bueno, una vez contado todo esto me gustaría aclarar que pocas semanas más tarde se esclareció el misterio, aunque incluso así dejó intacta toda la emoción vivida aquella noche. En realidad da igual qué o quién fue y porqué, me quedo con el sabor metálico de la adrenalina fluyendo a borbotones por mi cuerpo y la sensación de haber vivido un momento de auténtica película de terror. Vale, el susto casi me mata, pero qué le vamos a hacer, soy así, adoro lo intenso.

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