miércoles, 26 de agosto de 2009

Brighton '09  


Este último finde lo he pasado en Brighton en plan desconexión justa y necesaria del mundo real y sofocante de estas bajas latitudes, que me tenían ya al borde del delirio y pensando seriamente en mudarme a la parte de los congelados de mi vetusta nevera. Menos mal que los vuelos Low Cost siguen bastante asequibles –desde Málaga, eh- y prácticamente entre pensar un viaje y hacerlo sólo distan las ganas de saltar del sofá. En mi caso hice ese último esfuerzo –el más difícil- y al rato me vi surcando los cielos y empezando a salivar pensando en los bocaditos que sabía me esperaban en Brighton, ciudad que sabemos respira y transpira rock’n’roll y escena underground por los cuatro costados.

Ya estuve anteriormente en esta ciudad un par de años atrás, por lo que la visita al Brighton Pier (no confundir con el West Pier), el Pavillion y algún sitio clásico más que ya había visto no era prioridad en este viaje. Esta vez lo suyo era más patear la ciudad y no ponerme límites ni a mi tiempo ni apetencias –salvo los estipulados por mi anfitriona- y sentirme derrochón por un par de días. Esta vez la visita ha ido desde paradas cada dos por tres en cualquiera de los miles de pubs que hay por aquí –atención a The Office- a conciertos y paseos por los Lanes y entradas y salidas en sus numerosas y alucinantes tiendas además de momentos de relax en esa playa de pedruscos tan característica de Brighton.

El viernes estuve en una fiesta Steampunk en el Pub Jam que incluía un par de bandas en directo y mercadillo artesanal de los más variopintos y geniales artilugios relacionados con la temática. El sarao atrajo a una fauna nocturna extravagantemente apropiada y la música de las bandas se supone que encajaban a la perfección en el concepto, sobre todo el primer grupo, que tiró de instrumentos de cuerda sinfónicos y bases rítmicas entre industriales y punkoides que a ratos sonaban perfectamente desencajadas y otras arrastradamente pesadas, exactamente como el imaginario colectivo describe a esas máquinas imposibles movidas a vapor, y todo adornado con estética victoriana. Una delicia. El segundo grupo se fue por derroteros más hinduistas musical y estéticamente pero, salvo la letras que imagino sí irían con la temática, poco les vi de steampunk tal y como tengo esa palabra en la cabeza –la verdad, conocía el término en cuando a concepto visual pero nunca musical, con lo cual tampoco me atrevo a quitar ni poner-. Luego seguimos por ahí pero reservando fuerzas para el siguiente día que no era cuestión de pegársela la primera noche.

El sábado transcurrió entre playa y paseos por el barrio. Aquí la playa es totalmente de pedruscos y en plan pendiente. Olvídate de la fina arena del Cabo de Gata o el largo resacar de las olas en Conil, ésta es toda de guijarrillos más o menos redondeados que puede convertir el simple hecho de llegar a la orilla en toda una tortura para pies descalzos y sensibles. Pero es así y es nacionalmente famosa en todo el Reino Unido, sobre todo por su clima veraniego, a años luz de unos kilómetros más arriba del país y por el increíble ambiente turístico de la ciudad, además de su pasado cinematográfico, y de las pocas playas de UK en las que se ve realmente gente metida en el agua. Pasar la tarde contemplando las suaves olas, el ir y venir de la gente y sobre todo esa vista permanente de los restos del West Pier al fondo fue relajante e inspiradora de largas conversaciones. Por ahora mi único día de playa este verano.

Por la tarde surgió la idea de hacer cena-fiesta en casa y la verdad fue mejor que cualquier otra cosa que pudiera haberse planteado. La temperatura nocturna era la que yo desearía aquí en este momento y el grupo muy agradable así como el risotto de mi querida Ice que dio paso más tarde a ronda de vinos e historias en el patio hasta las mil.

El domingo lo dediqué prácticamente entero a los Lanes, con objetivos concretos como la Borderline, tienda de discos en la que me quedaría a vivir sin pensarlo medio segundo (un consejo respecto a esta tienda: llevar máximo 40 o 50 libras en metálico y no ir con tarjeta de crédito, el que avisa no es traidor, eh?) y la Imediate. The Punker Bunker, tienda de camisetas e indumentarias en la que también es recomendable tirar de autodisciplina para no cometer una locura. Eso si: en ambas tienes que entrar con babero para no dejarlo todo perdido jeje. En mi caso incumplí todas estas normas y me vi regresando a casa con un suculento cargamento de esos de dar juego durante varios meses. Antes de eso parada obligatoria en The Office para saborear un rato el material conseguido y seguir poco después pateando algunas calles más antes de volver a casa ya reventado y con el vuelo de vuelta del día siguiente ya inevitablemente en la cabeza.

De momento éstas han sido mis vacaciones de verano, o al menos la sensación de tener vacaciones, esa cosa que se queda en la retina y el pensamiento al cabo de meses y que puede llegar a recordar un verano entero. Sensación que compruebo una vez más consiste en cambiar de escenario lo más radicalmente posible y alejarse cuanto más lejos mejor del sitio en que lo familiar y rutinario se dan día si y día también.















Aunque, si todo va bien, al verano aún le queda algo grande en la recámara...

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