martes, 13 de julio de 2010

Lengua de Fuego  

Ciertas circunstancias me han obligado a mover unos días mi lugar de trabajo desde el estudio en la achicharrante urbe al refrescante césped de una piscina, así, directamente, plantado en mitad de todo lo verde, viendo a las palmeritas mecerse al son del tintineo de los cubitos de hielo derritiéndose en los gin-tonics del pijerío presente. Todo muy relajante, si, pero poco disfrutable por mi parte dadas las obligaciones laborales que me aislaban hermética y mentalmente de tan placentero y cercanísimo entorno –el hecho de elegir ese lugar no era por martirizarme, sino por ser el único punto con una conexión 3g medio decente que lamentablemente no disponía en casa- Además, la poca gente que estos días prefería la piscina al cercano mar le daba el punto de tranquilidad que necesitaba y hacía preferible este sitio a cualquier otro chiringuito posiblemente más bullicioso. Digo tranquilo salvo cuando era tomado por la muchachada diaria de las doce: adolescentes varios de puntualidad diabólica y hormonas en def con one que hacían suya la piscina por un par de horas hasta que afortunadamente se les quedaba pequeña y optaban por llevar su griterío, carreras y empujones a otra parte. Tampoco nada nuevo que no sepamos ya, salvo por una renacuaja integrante de dicha pandilla que no llegaría ni a las catorce primaveras, pero que cada vez que abría la boquita me pitaban los oídos, a mi y a mi Mami, que a pesar de su veteranía en lidiar con todo tipo de niñateo, nunca había visto caso semejante en los últimos años. Al final la bautizamos Lengüecilla de Fuego, pasando a llamarse directamente Lengua de Fuego, nada de suavizar la cosa cuando el exabrupto más amable de la niñita superaba en varios niveles al camionero más curtido de la E-15. Una ricura. Qué pena no haberlos grabado todos.


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