domingo, 28 de octubre de 2012

3 ноября 1957  

Similar a un post escrito hace un mes, en el que rememoraba el inicio de la exploración espacial, dentro de siete días se habrán cumplido 55 años del segundo hito en este campo, que enviaba al espacio en el Sputnik 2 al primer ser vivo: la archifamosa perrita Laika que, como es bien sabido, tuvo una muerte calculada por quienes la pusieron allí: jamás tuvieron la intención de rescatarla, así que lo hicieron a sabiendas de que nunca volvería a la Tierra.



Es cierto que muchísimos avances y descubrimientos científicos de hoy día y de los que nos beneficiamos todos -consciente o inconscientemente- han sido gracias al sacrificio de animales de muchas clases, inmolados a la fuerza en aras de la ciencia y el progreso y a lo que, aún sabiéndolo, ya nos hemos acostumbrado e insensibilizado, aunque a veces nos escandalice temporalmente cuando se publican ciertos datos en los medios. Hasta qué punto es correcto, cuáles son sus fronteras éticas, cómo se podría lograr los mismos resultados sin dañar animales es un terreno en el que el debate daría para echar semanas, y en el que por puro desconocimiento de todas las razones implicadas y por guardar cierta integridad con mis actividades prefiero no entrar. Y cuando digo actividades no me refiero a que sea cazador furtivo de focas árticas, sino que soy totalmente consciente de que, por ejemplo, la mayoría de los medicamentos han sido testados en animales pero no renuncio a un ibuprofeno si me tortura alguna jaqueca, que de vegetariano tengo lo mismo que de Sha de Persia o que en mi fondo de de armario hay cuero no de imitación precisamente. Siendo realistas, todos queremos beneficiarnos de los avances conseguidos pero no conozco a nadie que se prestara de cobaya por tal causa. Por eso no puedo defender a capa y espada, aunque lo quisiera más que nada, el no uso de animales en favor de la ciencia o la mejora del estado de bienestar cuando sé que no contribuyo cien por cien a ello. Por suerte y poco a poco, gracias a los avances en simulación computerizada, se empieza a poder estimar los efectos de tal o cual cosa en personas sin recurrir a inocentes animalitos. Aún así quedan décadas por delante (hasta hace menos de diez años sacar un champú mejor que el anterior ya sabíamos cómo se lograba) hasta que lo absolutamente normal sea la tolerancia cero con el maltrato animal en todos los ámbitos, y sobre todo que todos seamos vigilantes de ello.

En el caso de Laika, el único progreso de por medio fue la pura ambición política de la entonces Unión Soviética por marcar rotundamente la diferencia en la carrera espacial y por hacer algo sonado para commemorar la Revolución Bolchevique. También hubo intención científica, pero las prisas en el lanzamiento impidieron obtener datos de relevancia. Se hubiera podido hacer lo mismo pero mucho mejor investigando un poco más la vuelta segura del animal aunque se hubiera tardado algo en poner a punto el sistema -como en efecto se logró a los pocos años con otros canes que sí volverían sanos y salvos-, pero no habría tenido el efecto de orgullo patriótico ni la demostración de poder que buscaban en sus contrincantes espaciales. Tal acto, tan público, de desprecio a la vida de un animal tan noble como un perro y con un estado cómplice detrás suena impensable hoy día en países primermundistas (no puedo opinar de otras realidades sociales de otros países), pero me lleva a preguntarme qué clase de cosas estamos haciendo ahora en nuestro entorno que dentro de otros 50 años parecerán una barbaridad. Seguro que si nos parásemos a pensar tendríamos para llenar folios...

En su día Laika, a pesar de ser tiempos en los que la guerra fría podía justificar todo, generó bastante controversia al saberse que no tendría vuelta posible, resultando en un gesto de crueldad intolerable por la opinión pública a pesar de su objetivo enaltecedor de la patria, por lo que se trató de maquillar su fin situándola a niveles de heroína espacial que sería sacrificada sin dolor con comida envenenada en pos de la gran nación y todo ese rollo. Lo cierto es que fue hace poco cuando se supo que en realidad murió por estrés y calor de la peor forma posible al poco de llegar al espacio, gracias a la chapuza del sistema de refrigeración hecho en dos días.

Es cierto que no hay registros oficiales de posteriores viajes al espacio con perros en los que no haya habido un sistema seguro de recuperación –accidentes aparte-, gracias precisamente al escándalo del Sputnik 2, pero también la realidad de la muerte de la perrita Laika fue ocultada durante décadas, así que no sabemos si dentro de la poca transparencia de esos años oscuros hubo más abusos que nunca verán la luz. Quién sabe, quizá Howard Wolowitz tenga, después de todo, razón... (They left dogs up here in the sixties!).

En el imbatible Eureka está la mejor crónica que se puede encontrar sobre el histórico suceso.

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