lunes, 31 de agosto de 2009

Un caso para Van Helsing  

Actualmente estoy inmerso en el visionado de la 2º temporada de True Blood, serie vampírica de la HBO ubicada en los tiempos actuales en el profundo sur de los USA –si, esa tierra tan recurrida por ser temerosa de Dios y del Diablo y que ofrece el escenario perfecto- y en la que se muestra un mundo en el que co-habitan sin (ejem) demasiados problemas vampiros y humanos además de otros seres extraños y diabólicos.

Reconozco que los primeros capítulos me parecieron algo flojos y poco atrevidos, además de tirar demasiadas veces de tópico cuando la situación requería más imaginación, y de lo irritante de la protagonista, que cae francamente mal, cosa que definitivamente hizo peligrar mi interés inicial y casi relegarla a serie de esas de emergencia cuando no hubiera absolutamente nada que ver. Pero justo cuando estaba cercano a esa situación va la serie y da un volantazo, se vuelve más gore y políticamente incorrecta, Sookie ya no te saca tanto de tus casillas y Bill Coptom empieza a cobrar carisma cosa mala (¡ese parecido ocasional con Lux Interior!) y Jason Stockhouse se convierte en el tío más divertido –a su pesar- que he visto en una serie en mucho tiempo, sin olvidarme de Tara y su estado permanente de cabreo que antes te ponía de los nervios pero que se va desvelando como de las pocas aún con algo de cabeza. Ah y también Sam Merlotte, enigmático al principio pero cada vez más íntegro. Y por supuesto Eric y el peso escénico que va pillando capítulo a capítulo. En resumen: todo un señor repunte en el interés de la trama que la ha puesto a competir seriamente y en más de una ocasión con la número uno Lost en mi ranking de entretenimiento.

Esta segunda temporada para mi gusto está mejor que la primera y añade un personaje nuevo y totalmente inquietante, del que no voy a contar nada pero que se ve que está diseñado con escuadra y cartabón para que ni vampiros ni nadie parezcan tan malos, y continuamente roce el concepto de enemigo único y absoluto de todos. Quizá este último personaje sea el más cercano al concepto de vampiro más que los vampiros mismos de la serie, y es que éstos parecen angelitos al lado de semejante cosa. Una criatura de esas que te vacían el alma y te dejan sin tu propia voluntad y a merced de la suya, de esas que el diseño de su caprichoso mundo debe imperar por encima de todo o aquí se va a liar muy gorda, ese tipo de seres que saben qué resortes del placer y del sexo deben presionar para obtener su propia y oscura satisfacción. Una mala bicha sobrenatural que no vive de succionar la sangre ajena, sino de absorber tus emociones, vamos, un genuino vampiro emocional de libro y letal que haría babear de gusto al mismísimo Doctor Bernstein.

Me encanta el hecho de que los personajes de ficción estén inspirados prácticamente siempre en personajes reales de carne y hueso que han existido o existen. Es un hecho que las personas y las situaciones extremas inspiran el arte y la imaginación. El cine, literatura, música y las artes en general están llenos de ellos. Cuando veo un personaje de este tipo en una creación artística, me pregunto muchas veces en qué o quién se habrán inspirado los creadores, si bebieron únicamente del imaginario colectivo para diseñar sus criaturas o si hubo una vez alguien que les puso en bandeja el borrador al cruzar caminos vitales. Personalmente me gusta pensar que hay por el mundo real individuos que parecen pertenecer a otro mundo, que los personajes imaginarios son en realidad metáforas de esas vidas reales tan como la de cualquiera, pero con la particularidad de que éstas van dejando un fascinante reguero de creatividad e inspiración a su paso. De acuerdo, puede que tengan el inconveniente de que no pueden vivir sin chuparnos un poco la sangre de vez en cuando pero, reconozcámoslo, nosotros tampoco podemos pasar sin ellos.

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