martes, 20 de octubre de 2009

Invasiones Alienígenas  

“Doctor, sé que esto le va a sonar extraño, pero estoy convencido de que mi esposa no es mi esposa. La mujer con la que vivo se parece a mi esposa, habla como mi esposa, actúa como ella, pero sé que no es mi esposa”.

En una semana, ocho pacientes asustados y confusos le contaron al Dr. Miles Bennell la misma historia. Una cierta clase de alucinación en masa, pensó él, hasta que una noche se quedó mirando la forma dormida de la mujer con la que se iba a casar y se preguntó quién era ella.

Extraído de “the BODY SNATCHERS” (Jack Finney, 1955)


Hace mucho que espero una señal de arriba, de abajo, de los lados o de cualquier parte que me confirme por favor de una vez por todas que existen seres de otro mundo. Me encanta esa idea. Durante años no he parado de mirar a lo alto esperando ver una luz sigilosa, un destello, un objeto que cayera al suelo y que transformara de golpe y porrazo toda ese mundo de ciencia ficción en real. Entiendo que con el tiempo la pasión vaya dejando más espacio al escepticismo, aunque siempre ha habido elementos que me han mantenido la emoción hacia lo desconocido en su nivel más alto, desde aquellos relatos de H.P. Lovecraft hasta los esperados capítulos semanales de Expediente X, pasando por todas las peliculitas serie B de monstruitos, alienígenas, mutantes atómicos y demás bichos raros de todas las épocas que de vez en cuando siguen asomando por ahí (qué me encantaría un cine sólo dedicado a la añeja ciencia ficción, al estilo de Mystery Science Theater 3000). No sería justo decir que después de tan intensa espera, de insistir tanto en lo mismo, no haya descubierto algo, una pista, un dato, en definitiva: una señal de que están aquí.

Seguro que muchos recordarán haber visto aquella película de los años cincuenta titulada Invasion Of The Body Snatchers, o algún remake posterior. Difícil olvidarla, concretamente la primera, cuyo blanco y negro era perfecto para provocar oscuros rincones dentro y fuera de la pantalla en los que se podía ocultar cualquier cosa que no fuera de este mundo. Creo que fue la primera película de este tipo que vi en toda mi vida, allá por los primeros 80’s. El impacto sobre mi virginal cerebro no pudo ser de otra manera: quedé atrapado para siempre en aquel universo de sensaciones que me produjo su visionado. Quién me iba a decir que tanto tiempo después, las respuestas a todas mis preguntas de los siguientes años iban a estar entre los fotogramas de aquella vieja película.

El argumento de la peli es ya archiconocido por todos y reutilizado hasta la saciedad: seres de otro mundo van suplantando discretamente a los humanos con el objetivo de hacerse con el control de la tierra y extinguir la especie, de forma que la frutera de tu barrio ya no es la frutera de tu barrio, sino un engendro alienígena que ha tomado su apariencia y además de vender peras y manzanas sirve de vigilante estratega al resto de monstruitos. No sabes de dónde han surgido ni cómo se reproducen pero sí sabes que no son humanos. Lo que pasa siempre en estos casos: estás solo y no se lo puedes contar a nadie porque no sabes en quien confiar. En la película suplantaban a la gente escondiéndoles al lado una especie de enorme guisante –las famosas vainas-, de forma que cuando se dormían eran irremediablemente suplantados y pasaban a ser seres imperturbables, sin el menor atisbo de humanidad, secos de emociones, totalmente vacíos. No quedaba más remedio que huir de ellos para que no te delataran y acabar tú también convertido en otra terrible criatura.

Pues bien, resulta que desde no hace mucho empecé a darme cuenta de que había estado equivocado en mi empeño por descubrir una señal procedente del cielo. Toda mi atención se fue desviando hacia mundos más cercanos tras descubrir señales evidentes de que ya nadie iba a venir de otro planeta a pisar la tierra. Nadie iba a venir porque sencillamente ya estaban entre nosotros. Sí, si, que nadie se asuste, ¿quién no ha tenido alguna vez la terrible experiencia de acudir a una ventanilla de la administración con un problema urgente y encontrar al otro lado un alien de mirada fría? ¿o descubrir que el nuevo dependiente de tu videoclub de siempre jamás suelta sonrisa alguna por muy emocionada que sea tu pregunta sobre ésta o aquella película? Y no hablemos de los entornos de trabajo: di simplemente que hoy no tienes el mejor de los días y serás achicharrado sin misericordia por tus suplantados e implacables compañeros de curro, que verán en ti al enemigo terrícola que hace peligrar su invasión. Y cuidado también con los más allegados: aquel que se marchó tres o cuatro meses y ha vuelto convertido en no-se-sabe-qué criatura sin escrúpulos que a saber por cuál criterio se rige ya para identificarte. Y no digamos los que actúan en masa: si eres tú el que has estado ausente un tiempo y vuelves al grupo puede que ya no te sea familiar ninguna mirada y, por supuesto, no te atrevas a decir o mostrar ningún señal de que eres humano o te rodearán y desparecerás sin darte tiempo a decir ni mu. No hay duda: a todos ellos les han puesto cerca esa especie de semilla cósmica de la que ha salido su terrible clon, y ya difícilmente volverán a ser humanos.

En la película el protagonista principal no ceja en su empeño de no dejarse atrapar por los seres sin alma que no paran de multiplicarse por toda la pantalla. Aguanta hasta el final sin dormirse y cuando encuentra seres humanos normales y corrientes éstos le tildan de loco. Normal. El estrés al que ha estado sometido ha sido demasiado fuerte como para no salir algo tarado de toda la experiencia, cosa que me recuerda que también es importante conservar la calma ante las desalmadas circunstancias que a veces nos rodean. Saber sobrevivir no pasa por el estado histérico.

Siguiendo con el símil cinematográfico y ahora que ya he descubierto que la invasión es real y que mi romántico sueño de seres de otros mundos que nos visitan está desbaratado por completo, creo que es el momento perfecto para recuperar otra vez el planeta tal y como me gustaba entenderlo. Nada de androides perfectos que no desfallecen nunca, que no se estremecen ante lo más mínimo ni sienten pizca de curiosidad por nada. En las pelis, cuando pasa esto, los humanos que quedan siempre se rearman con lo que pueden y organizan una résistance con la que combatir a los invasores. Para nuestro caso contamos con armas bastante más simples: ser uno mismo.

De momento, y mientras siga la invasión silenciosa, procuro no dormirme y mirar siempre en el armario por si me han puesto alguna vaina con bicho dentro. Es obligatorio estar bien despierto. Cualquier descuido puede suponer pasar a formar parte de los seres sin alma.

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