sábado, 10 de enero de 2009

Marruecos المغرب  

Recuerdo, allá por los lejanos inicios universitarios, las historias que contaban los amiguetes sobre sus escapadas a Marruecos, casi siempre con lo cannábico como lo único interesante, pero también historias de complicados regateos en los mercadillos, suciedad y miseria por todos lados, intransitables carreteras de gravilla y una policía arbitraria e injusta, que si le daba ese día por hacerte la vida imposible ya te podías ir preparando salvo untarles bien para que te dejaran en paz. Además, claro está, de esas maratonianas sesiones de porros que relataba con pasión el cronista. Mucho tenía que compensar el fumeteo de lo que dieran por allí para aguantar todo eso tal como lo contaban, me preguntaba yo entonces. Tampoco los comentarios oídos años más tarde -ya con más criterio de escucha por mi parte- me terminaban de acercar al país vecino: básicamente Marruecos era para ponerse jincho de polen. Parecía que no era destacable casi nada más.

Ahora acabo de regresar de un viaje de varios días por esas tierras y podría contar una historia muy distinta. Historias de gente amable y hospitalaria, de sonrisa amplia y trato respetuoso. Un entorno totalmente opuesto a la imagen árida y agreste que, sin entender ahora muy bien porqué, tenía instalada en la cabeza. La crónica fue más o menos de la siguiente manera...

26.12.08. Salida
Arrancamos con un frío sevillano de tres pares, con muchas prisas y cero palabras. Además la mochila pesa, literalmente, un quintal. Desde el tren, transcurre un amanecer lento con niebla cerrada que se disipa totalmente llegando a Cádiz. Enlace aquí con el bus para Algeciras y cabezadita por el camino. Allí pillamos el Fast-Ferry –poco más de 40 minutos- y casi sin darnos cuenta ya estamos en Ceuta. El ambiente, con algunas chilabas y hiyabs por las calles, va preparando lo que espera más tarde, pero es al cruzar la aduana donde se muestra de golpe ese otro mundo tan cercano y diferente que es Marruecos. Lo primero, tras sellar el pasaporte, es tratar de buscar un taxi colectivo de los cientos (casi que no exagero) que hay esperando al turista. Hay que negociar el precio, lo que piden para dos hasta Chefchaouen nos parece caro (no vamos ni mucho menos de sobraos), pero tenemos suerte y nos hacemos con la compañía de cuatro improvisados compañeros hasta Tetuán (si, seis más el conductor ahí metidos) y luego seguimos con dos de éstos hasta Chefchaouen. Conducción medio suicida por una carretera llena de curvas al borde de precipicios con noche cerrada a bordo de un coche con overbooking.. mmm.. en otro momento me hubieran tenido que poner la camisa de fuerza, pero esta vez hasta me quedé dormido..

Llegamos por fin a Chefchaouen, primera parada del viaje, paraíso de jipis durante años y paradigma de la tranquilidad. Le llaman el pueblo azul por su Medina teñida de añil que en combinación con la tenue iluminación te traslada a unas calles de cuento medieval.. increíble. Llegamos a nuestro hotel –que estaba fenomenal, el mejor que pisaríamos en todo el viaje- y tras soltar todo bajamos de nuevo al pueblo para cenar algo. Hacia el final de la cena se nos sientan dos veteranos –y bien conocidos por lo visto- músicos locales que entre ambos debían sumar para mí que 283 años, década más o menos, y a base de psicodélicos cantos y repetitivas melodías de violín y daff, nos dieron, literalmente, la cena. Aunque he de reconocer que la sesión fue divertida por el aire a viejos rockeros incombustibles que destilaba la pareja y la pasión que le ponían. Ya sabes, música del Rif ‘till you drop.

27.12.08. Chefchaouen
Amanece en Chefchaouen con un sol radiante. Bajamos a desayunar –¡qué ricas esas aceitunas picaditas!- y directos para el pueblo a quemar la cámara de fotos. No me canso de sacar una tras otra. Cada rincón es alucinante. Hacemos un descanso para cambiar euros a dirhams y tomar el té. De repente, ¡no! se nos vuelven a sentar los dos músicos de la noche anterior, esta vez un rato está bien, pero queremos seguir mirando más cosas y tiramos para las tiendas y la Kasbah con su interesante mini-museo y sus galerías -mención especial a la antigua prisión, daba reyuyu quedarse mucho rato ahí, uuuf- el caso es que hay mucho que ver y el día no es tan largo. Algunas compras y para finalizar bajamos de nuevo desde el hotel en busca de un local del que nos habían hablado, con música en directo y ambiente joven. Lo cierto es que está genial, con ese aire a piano-bar de otros tiempos, y donde se podían escuchar hasta boleros cantados en árabe. Estamos un rato más pero tanto subir y bajar nos ha dejado hechos polvo y volvemos al hotel.

28.12.08. Bus
El día se despierta frío y lluvioso. Taxi hasta la estación para pillar el bus a Fez. Donde fuera que oyéramos que eran tan sólo un par de horas de viaje está claro que no era cierto: casi 5 horas de carretera interminable llena de baches y de tráfico que, aunque escaso, era anárquico y sin orden ni concierto, vamos, un sindiós: por ejemplo, aparcar la furgo ocupando medio asfalto justo a la salida de un cambio de rasante pues es normal, o lo mismo que incorporarse a la principal desde un desvío sin mirar ni ná, o encontrar gente caminando por mitad de la carretera y tener los coches que esquivar al sujeto porque éste no se hace a un lado ni queriendo, por no hablar de lo que significa cruzar un pueblo, vamos, ni el Gran Prix. Aunque debo decir que estos pormenores del viaje fueron más que compensados por la increíble visión del paisaje a lo largo del recorrido: todo verde y montañoso, con bonitos valles y anchos ríos, muy mediterráneo. Nunca habría pensado que el campo marroquí tuviera ese color. Me encantó.

Llegamos por fin a Fez, se ha hecho de noche y nos encontramos con el siguiente problemón: los autobuses para ErRachidia (la siguiente etapa del viaje) sólo viajan de noche y tardan 8 horas. Puesto que pasamos esa noche en Fez no queda otra que negociar un taxi para estar al día siguiente en el hotel de ErRachidia al menos a tiempo para dormir. Tras regatear un poco lo conseguimos por 1.100 Dh, unos 100 € al cambio. Solucionado pues, nos vamos al hotel, un Riad situado en la Medina donde nos espera una habitación a lo palacete: techos altos de madera donde cuelgan ornamentosas lámparas, cama con edredón de seda y decoración genuinamente marroquí, vamos, muy de las mil y una noches. Estamos en Fez y parece que todo sabe a leyenda.

Damos un breve paseo por la Medina para cenar algo y al hotel a dormir, que mañana hay que recorrer esto a fondo y los del taxi nos esperan a las 15:00 y hay un largo viaje por delante.

29.12.08. Fez
Despertar remolón. Sólo hay unas pocas horas por delante y hay que aprovecharlas lo mejor posible. Tras el desayuno en la terraza del hotel con la Medina como escenario de fondo -la más grande del mundo árabe- bajamos a recorrer las callejuelas llenas de gente y puestecillos de toda índole. Es el mercadillo más enorme que se puede imaginar: laberínticas calles que por momentos te dan una idea de cómo debía ser el mundo en la edad media. Burros pasando cada dos por tres cargados hasta arriba de pieles, bombonas y todo tipo de enseres –había que estar al loro con esto, que si no terminabas con el potingue de las pieles de los curtidores encima- y gente de toda ralea de arriba para abajo a su quehacer diario con los que se mezclaban turistas de todas las partes del mundo, cámara en ristre, imagino que igual de fascinados que nosotros. Todo un crisol de gentes, animales, colores, olores y objetos que se te queda en la memoria para los restos. Y otra vez la cámara a máximo rendimiento. A estas alturas el viaje estaba ya más que amortizado.

Vuelta al hotel para llegar a tiempo a la cita con el taxi y salir pitando. Nos esperan 6 horas hasta ErRachidia y otra vez un recorrido de lo más variopinto desde, otra vez paisajes mediterráneos hasta bosquecillos de cedros totalmente cubiertos por la nieve a la altura de Ifrane. Ver para creer. Cae la noche por el camino y éste no parece acabar nunca, pero finalmente llegamos al hotel donde nos espera Samir, el chico que nos llevará a Rissani al día siguiente y que fue el contacto para el albergue de Erg Chebbi. Estamos en el ecuador del viaje y aún quedan muchas cosas por delante.

30.12.08. Rissani
Uf, despertamos tarde y con prisas. Tenemos que salir para Rissani y Samir ya está esperando. Por el camino recogemos a Simo y enfilamos para el sur. El paisaje se vuelve mucho más árido, casi desértico, pero paramos para echar un vistazo al Valle del Ziz, el oasis más grande de África, un valle enorme formado por un río que ha dejado todo cuajado de palmeras y viviendas de adobe a su paso. Impresionante. Seguimos hasta Erfoud donde hacemos un alto para pegarnos la comilona del siglo en el restaurante de los familiares de Simo. Brutal.

Otra vez en ruta hasta Rissani donde de nuevo paramos para ver el mercadillo y comprar alguna cosa, entre ellas el turbante que pienso ponerme en la travesía del desierto en un par de días. Hasta aquí todo bien, salvo por el Rissani’s incident, y es que tratar de competir con siglos de regateo viniendo de culturas en la que de todo tiene ya puesto su precio es francamente difícil. Por suerte se olvida pronto y volvemos a la carretera directamente al albergue. Es de noche y durante el trayecto compruebo una vez más lo absolutamente caótico del tráfico en Marruecos. Llegamos por fin al albergue tras recorrer una pista de tierra. Estamos al pie del desierto de Erg Chebbi. El interior del sitio es confortable, con música bereber y tam-tams como bienvenida, y como nosotros, hay gente de todos lados que vienen a pasar el fin de año. Luego la cena y una posterior gran conversación con nuestros anfitriones. Antes de dormir breve salida al exterior para ojear el frío desierto, pero la noche es cerrada y apenas se puede distinguir nada.

Al volver a la habitación paramos antes un segundo para ver a un grupo de bereberes que mezclados con algunos turistas tocan, cantan, chillan y bailan ritmos totalmente tribales como poseídos por el espíritu del desierto: sus cuerpos rebotan por las alfombras del salón pero sus mentes están seguramente lejos, muy lejos, a cientos de dunas de distancia.

Mañana es nochevieja y se prepara una gran fiesta. La cosa promete.

31.12.08. Nochevieja
Abro los ojos con el estómago hecho un ovillo. Algo me ha sentado mal la noche anterior pero una infusión milagrosa de receta ancestral (bueno, en realidad era té con comino, pero me gusta darle leyenda) me devuelve a la vida. Decidimos darnos un paseo por las dunas, adentrarnos en el desierto y perdernos un poco. Hace algo de frío pero el subir y bajar por la arena lo quita parcialmente. Cae otra sesión fotográfica de las únicas. Buscamos una duna alejada y nos instalamos un rato. Da la sensación de estar en ninguna parte. La visión alrededor es impresionante, difícil de explicar. Dunas y dunas de arena fina donde quiera que mirases. El tipo de paisaje que tanta y tanta literatura y cine ha inspirado. Me concentro en guardarme un par de instantáneas en mi memoria para tener algo que no olvidar jamás.

Vuelta al albergue y después de sestear un rato vemos que la fiesta de nochevieja está ya bastante cerca. Cenamos y al poco ya vamos adelantando algunos brindis. Minutos más tarde el taponazo del cava inaugura definitivamente el nuevo año. Estamos en 2009 y músicas, cantos, danzas abrazos y brindis se suceden y mezclan en una fiesta que universaliza el concepto de juerga, en esto si que coincidimos todos.

Poco a poco las fuerzas decaen y las ganas de reposar ganan terreno. Los brindis prematuros han adelantado también el fin de fiesta y definitivamente nos vamos a la cama. Mañana nos espera un viaje en dromedario al corazón del desierto...

01.01.09. El Desierto
Año nuevo, vale, pero la resaca –esa vieja conocida- sigue como siempre, esperando tempranito cada primero de enero, ay ay. Pasa así pues la mañana, lenta y soleada, esperando la hora de los dromedarios para el viaje al desierto. La salida se retrasa de manera que casi nos perdemos la puesta de sol sobre las dunas, pero finalmente sale la caravana de tres dromedarios más el guía a pie. Casi dos horas yendo desierto través, vadeando, rodeando y trepando dunas, con el bamboleo propio del animal y su paso lento pero seguro, que te permite recrearte a fondo en el mar de arena durante todo el trayecto.

Llegamos por fin a la jaima donde vamos a pasar la noche, situada en un pequeño oasis en la falda de una enorme duna. Se arrodillan los dromedarios (al mío le llamé Jorobín y el de atrás fue bautizado Lemmon) y estiramos un poco las piernas. Ya es prácticamente de noche pero eso no impide tantear lo increíble del entorno. Estamos en algún punto del desierto de Erg Chebbi a 15Km de Argelia (país poco amigo de Marruecos, cruzar la frontera supone automáticamente cárcel). Cenamos en la jaima un tayín de pollo, sabroso como pocos recuerdo y luego afuera a mirar un rato el cielo estrellado: de esto puedo decir que la palabra adecuada y la recomendada por la RAE para este caso es ACOJONANTE. Están todas, pero que todas las estrellas. Subimos un poco la ladera de la duna gigante para pillar mejor vista pero aquí un servidor casi echa las higadillas trepando por ahí. Al final lo consigo, matao, pero estoy ahí y el esfuerzo vive dios que mereció la pena.

Después de un rato de recreo bajamos y sacamos fotos del cielo. Alguna sí que sale pero tampoco hay mucho tiempo para experimentar porque el frío nocturno del desierto empieza a apretar cosa mala y mañana queremos ver la salida del sol sobre las dunas, cosa que pasará a las 6:30, por lo que toca ya retirada y cama, o mejor dicho cuasi-colchón y mantas, que estamos en mitad del desierto y aquí no hay comodidades que valgan.
Como en un sueño, una breve salida de la jaima poco antes de las 5:00 buscando el w.c. (yo buscaba una palmera solitaria, pero vamos, que como dijo antes el bereber del tam-tam al preguntarle por lo mismo: everywhere) en plena noche cerrada me regaló otro momento de esos para siempre: el silencio del desierto –ya no se oían ni los tam-tams de las jaimas vecinas ni las carcajadas de los turistas- combinado con la total ausencia de luz artificial es.. bueno, digamos que es algo muy grande que creo no olvidaré nunca. La fina luna mora hacía ya rato que se había metido detrás de la gran duna y sin embargo se distinguía perfectamente todo, como si todas las estrellas brillando a la vez iluminaran lo que una luna pequeña. Grandioso, inolvidable.

02.01.09. Amanecer
La alarma suena a las 6:30, el sol está a punto de asomar por entre las dunas y lo suyo es ver el espectáculo subido en algún sitio alto que va a ser, cómo no, la gran duna. Esta vez, aunque no la trepé entera, si que me quedé a una altura que en estos momentos considero victoria personal absoluta dado el intento casi letal de la noche anterior. Desde esa vista es impresionante cómo la luz va ganando terreno a una velocidad casi perceptible y cambia el color de la arena a su paso. Realmente bonito.

Bajada al campamento, desayuno y visita a una familia de nómadas del desierto: vivir de un lado para otro del Sáhara, sólo portando lo que puedas transportar tú mismo resulta difícil de imaginar. En cualquier caso su amabilidad y hospitalidad si que resultan familiares: la misma que llevamos recibiendo desde que pusimos pie en estas tierras. Encantadores.

De nuevo a lomos de los dromedarios y vuelta al albergue. Otra vez caminando entre dunas, esta vez a pleno día y sin nubes, con el sol ya alto pero sin calentar mucho. No me quiero ni imaginar despistarte por aquí en verano con poca agua.. uuuf.

Una vez en el albergue, breve descanso, ducha rápida y comer algo antes de pillar taxi para Rissani, donde volvemos a ver a Samir y Simo y damos una nueva vuelta por el mercadillo local (esta vez más espabilaos con los regateos). No hay tiempo para mucho más. Nos despedimos de nuestros amigos y subimos a un bus dirección Meknes: nos quedan aún 8 horas de viaje nocturno por esas carreteras marroquíes, casi ná.

A la hora del té con Samir y Simo tuve la oportunidad de tomar nota de algunos remedios caseros para males diversos. De la primera doy fe que funciona, vamos, mano de santo.
Cagaleras de la muerte. Cucharada de comino en polvo y agua o té
Dolor de cabeza. Café negro con limón
Catarro. Vaso de leche caliente con un caramelo Halls
Insomnio. Flor de Verbena con un vaso de leche caliente

03.01.09. Tánger
El autobús llega sobre las 4:30 a Meknes. Hay que esperar algunas horas al tren para Tánger (tren que por cierto destila un aire retro muy de cine, con esos asientos compartimentados y las puertas del tren abiertas antes de parar del todo, como en las películas antiguas). Enlace con otro tren en no recuerdo qué ciudad y llegamos por fin a Tánger, más de 16 horas después de dejar Rissani. Estamos mataos, pero tras soltar las cosas en el hotel nos vamos a la Medina a trastear por los mercadillos. No está mal, pero se echa de menos la acogida experimentada por las tierras del sur. Esto es otra cosa. Pasa la tarde y a dormir pronto al hotel, que mañana espera otro viajecito de regreso a Sevilla y hay que pillar taxi, barco, bus y tren, por ese orden. Empiezo a ser consciente de que esto se acaba.

04.01.09. Regreso
Tocaba despertarse temprano pero la falta de sueño provoca el síndrome de las sábanas pegadas. A contrareloj salimos pitando para Ceuta en taxi colectivo al estilo marroquí (esto es ya un clásico). Y después de poco más de una hora - por aquí las carreteras son notablemente mejores- llegamos a la frontera con España. Subimos de nuevo al Fast-Ferry y en nada estamos ya en Algeciras. Sustituimos la parte tren por un bus directo a Sevilla que pillamos más que por los pelos. El viaje toca definitivamente a su fin. Atrás quedan 9 días que darían para llenar folios, vivencias únicas y sensaciones a las que podré volver siempre que quiera porque están muy vivas en la memoria. El silencio del Sáhara era algo que sin saberlo lo necesitaba. Sólo puedo decir GRACIAS y que espero repetir pronto. Tenía un paraíso aquí al lado y no era consciente de ello. Haberlo descubierto es mi regalo. شكرا جزيلا

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