martes, 21 de agosto de 2007

Mensaje en una botella  

Todos tenemos en mente la imagen de un papel enrrollado dentro de una botella que viaja a la deriva por los siete mares, lanzada por algún náufrago confinado en alguna isla desierta y que sueña con el rescate mediante tan poco probable procedimiento. Es una imagen que está creo en el subsconciente del colectivo como algo clásico de todos los tiempos, propiciado por películas, canciones y literaturas, -aunque ahora no consiga recordar fragmentos de ninguna de las tres- y también por esas viñetas de náufragos barbudos en diminutas islas que solemos ver de vez en cuando en las revistas.

El caso es que a nadie se le escapa la idea de un mensaje en una botella lanzado a la desesperada por alguien desesperado –pero no desesperanzado- que le confía al azar del proceloso mar su esperanza de ser rescatado. A mi personalmente siempre me ha parecido una escena de lo más fascinante que simboliza bastantes elementos del género humano, tanto del que lanza la botella a modo de rezo profundo en la soledad de la desesperación como el que finalmente la encuentra y pasa a ser automáticamente responsable de la suerte de nuestro náufrago, con toda la emoción que ello acarrea.

Imagino que en la vida real encontrarse en una situación en la que tengas que meter un papel en una botella para ser salvado significa probablemente que estás jodido pero bien, por eso, a pesar de parecerme la situación sumamente atractiva por toda la literatura que la envuelve, preferiría no verme nunca ni de lejos en tales circunstancias. Sin embargo sí que encantaría verme situado en la otra parte: la del que pasea por la playa y encuentra medio enterrada o volteada por la olas cerca de la orilla una botella con un mensaje dentro. Nunca lo he experimentado pero ha de ser bestial.

Estos últimos días los he pasado en la playa en plan relax, rodeado por ese tipo de vacaciones tan nuestras en las que la familia media española aprovecha para recuperar o potenciar alcoholismos, tabaquismos, gulismos, aparentismos y fachismos varios con verdadero entusiasmo. En mi caso particular he aprovechado para fabricarme una situación de la que he estado hablando anteriormente. Me he construido un mensaje embotellado –dada la situación yo diría que enlatado- con todos los ingredientes de la leyenda: botella perfecta semitranslúcida de vino francés, papel enrrollado algo apergaminado atado con un lacito y algunas piedras blancas en el fondo para mantener la verticalidad de la botella a flote, que además llevaba un lazo rojo distintivo para acabar con cualquier duda de parecer una botella cualquiera caída al mar. Vale, es obvio que el punto de espontaneidad que pudiera tener una botella lanzada por un náufrago auténtico brilla por su ausencia, si, pero es que sólo se trata de un experimento social, vamos, de un juego, un banco de pruebas donde poner en marcha toda la ficción absorbida durante qué se yo cuánto tiempo.

lo que he hecho es un 'spam' pero a lo marinero ¿no?

¿Y el mensaje qué decía? Pues está claro: una carta de esas de pasiones rotas muy sentida, casi un auto de fe, pero con cierta trampa ya que tiene mucho de copia-pega de sentimientos acumulados durante lustros, que mira tú por donde, han venido perfectos para el experimento (después de varios batacazos afectivos es lo bueno que tiene, que hay donde elegir). Al final del texto va escrita una dirección de correo electrónico por si a los supuestos rescatadores le da por contestar alguna cosa. Vamos, que más corporativo el asunto no puede ser. Lo que persigo no es otra cosa que provocar un “oh, mira eso” en alguien.

Reconozco que a pesar de tener la idea en mente varias veces, me he animado definitivamente al leer un artículo publicado en El País, en el cual remitían a su vez a una web italiana en la que alguien, mucho más seducido que yo, expone todos sus hallazgos de botellas lanzadas al mar por todos esos náufragos, ya sean reales o no.

Me gustaría pensar que la botella navegará durante unos días, semanas, meses o años, pero que al final será descubierta por un grupo de adolescentes que harán del hallazgo la comidilla del día, y quizás alguno de ellos se anime a contestar de alguna manera, ya sea cautivado por la magia de la situación o soltando improperios por verlo como una soplamemez de pretensiones ridículas (si el mensaje se recupera varios años después no quiero ni imaginarme a los adolescentes de entonces si seguimos la línea ascendente..). Todo es posible, incluso que se destroce contra alguna roca del puerto o la pulverice alguna moto acuática, con lo que se acabaría ahí su historia. En tal caso mala suerte, pero el hecho de armar todo esto ya me deja satisfecho de alguna manera: el adentrarme un poco dentro de las orilla, coger la botella y lanzarla mar adentro con todas mis fuerzas en medio de una playa solitaria con la noche cerrada, me ha hecho sentir por unos momentos el náufrago de la película, el alma solitaria del cuento que segundos antes de lanzar la botella ve una oportunidad de ser rescatado, pero que instantes después de ver irse la botella flotando y desaparecer entre las olas abandonada a su suerte, comprende que nunca, pero nunca, saldrá de allí.

noche cerrada a orillas del mar

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